La Maldición de Torquemada
            Jesús Seguías (Venezuela)  

         

                  La Maldición de Torquemada
                        "... Y seréis pobres, por los siglos de los siglos" 
                       
                        " (Dios) Estamos profundamente dolidos por el comportamiento de los que en el curso de la historia han hecho sufrir a esos hijos tuyos y, pidiendo tu perdón, queremos comprometernos con una genuina fraternidad... Pedimos perdón por las divisiones entre los cristianos, por el uso de la violencia que algunos cometieron al servicio de la verdad, y por las actitudes de desconfianza y hostilidad asumida hacia los seguidores de otras religiones".

                        Juan Pablo II
                        Ciudad de El Vaticano, 12 marzo de 2000

                        Las Cruzadas, la Inquisición, la evangelización forzada y ante todo la persecución de los judíos, son los principales delitos por los cuales El Papa pidió perdón a Dios y a la humanidad.
                      
                  Jesús Seguías
              
            Así se hicieron pobres y autoritarios los hispanoamericanos

             POR QUÉ SON AUTORITARIOS

            A propósito del Estado de Derecho Democrático

            Nos sentimos obligados a comenzar por una hipótesis: el autoritarismo es un fenómeno social cuyas raíces son culturales, más que políticas. Es imposible presagiar el éxito de un estado de derecho de cualquiera comunidad (familiar, laboral, urbana, gubernamental, nacional) si no se cuenta con una población capaz de asimilar a la democracia y sus leyes no como un simple fenómeno político o administrativo sino como parte esencial de su vida, como una cultura, como una manera civilizada de vivir y convivir. La democracia involucra, además de la libertad personal para pensar, para trabajar, para relacionarse, para amar, también el deber de respetar la libertad de nuestros semejantes. La democracia es -en esencia- un sistema de relaciones entre las personas basado en principios morales, donde el respeto a los derechos fundamentales del hombre y el reconocimiento de la diversidad humana son unos de sus valores más dinámicos e intervinientes. De allí parten las reglas de juego indispensables para que la sociedad funcione normal y armónicamente.

            Desde el Código de Hammurabi (1752 Antes de Cristo), hasta el Derecho Romano y las Constituciones modernas, pasando por los Diez Mandamientos de Moisés, El Talmud, La Biblia, El Corán, todos han sido "códigos de comportamiento moral" desarrollados por líderes históricos para que los humanos puedan convivir armónicamente en sociedad.

            Tanto las leyes religiosas como las estrictamente civiles han surgido para maniatar el comportamiento irracional del hombre y conminarlo (por convicción primero, y por coacción en caso de fracasar el primero) a respetar el derecho de los demás seres humanos a ser felices y compartir el espacio planetario en igualdad de condiciones. Y todas reflejan principios y valores relacionados a la justicia, a la honradez, al amor, así como al reconocimiento, tácito o explícito, de que los hombres somos diferentes, y que la diversidad es parte de la naturaleza humana. Por eso, la experiencia reflejada en la historia de la humanidad nos sugiere que a mayor respeto a esa diversidad, mayor armonía social y oportunidades económicas obtendremos. A mayor armonía en medio de la diversidad, habrá mayor confianza. Y a mayor confianza, serán mayores los niveles de desarrollo total del hombre.

            Todos los Códigos de Comportamiento Moral conocidos hasta ahora apuntan, en primer lugar, a que los hombres, como individuos, se autocontrolen, autoregulen su propio comportamiento basados en principios y valores morales, para que, en segundo lugar, se generen relaciones armónicas en (y entre) las diferentes comunidades, partiendo desde el núcleo social básico que son la pareja y la familia hasta las comunidades nacionales, pasando por la comunidad laboral, la comunidad urbana o rural, la comunidad deportiva, etc..

            Las religiones y las comunidades políticas han desarrollado diferentes niveles culturales en la comunidad mundial durante su historia, haciendo gala del reconocimiento a la diversidad humana.

            Por eso, la constitución nacional de cualquier país, o la constitución de cualquiera organización (laboral, familiar, educativa), también denominadas La Misión, no son otra cosa que la expresión jurídica o formal de una cultura, de unos valores que una sociedad determinada ha decidido asumir históricamente. Cuando esa Misión es compartida por todos, el resultado es el autocontrol y la armonía social. Cuando no es compartida, entonces se requieren de niveles de control externo que obliguen a su cumplimiento. Las sociedades donde no se ha desarrollado plenamente la individualidad del hombre, a partir de personas poderosas y autocontroladas, sino que éste ha sido condenado a formar parte de una masa humana amorfa, enajenada, manipulada, impotente, sometida a los designios del poder supremo del estado religioso o del estado secular (da igual) o de otras personas en particular, y donde la diversidad humana sabe a comino, entonces ese hombre no es propenso al pensamiento y comportamiento democrático. Y cualquiera manifestación que haga en nombre de la democracia y la libertad es insincera, falsa, y sus convicciones son muy frágiles.

            

            Y es esa la razón por la cual en América Latina no hemos gozado jamás de un verdadero y estable sistema de libertades sino de una democracia plástica, caricaturesca, que a veces dura algunas décadas guardando las formalidades, pero al poco tiempo surgen de nuevo las tentaciones del buen gendarme que debe venir a poner orden en la rochela, y a corregir los errores de la "democracia". Hasta que nuevamente vuelven a plantearse las tesis "democráticas", ya una vez fracasado en su gestión el dictador de turno. Siempre ha sido así en América Latina.

            Mucho se ha hablado de las dictaduras que han imperado en América Latina. Hablo de los golpes cíclicos comandados generalmente por quienes tienen la bayoneta en la mano, y que ocasionalmente cuentan con el aval del pueblo para quien la libertad individual no es imperiosamente su necesidad primaria sino que es secundaria. Nos gusta la democracia porque nos garantiza una mayor rotación de los actores del poder y tenemos más oportunidad de ascender a esos círculos donde, una vez en él, desatamos toda nuestra cultura autoritaria, ventajista, aprovechadora, e irrespetuosa del estado de derecho. Pero cuando ese poder "democrático" se hace inalcanzable y la estructura de poder comienza a petrificarse, entonces surge la necesidad de reemplazarlo a través de un proceso generalmente traumático e igualmente autoritario. Hablo de democracias y dictaduras cíclicas que se hunden en una discusión eterna en busca de la identidad política perdida. Mientras tanto, la pobreza crónica continúa haciendo estragos en la población.

            El cuento que no conviene contar

            La democracia en el mundo islámico es un ejemplo que viene de la mano para definir la crisis de democracia en Venezuela y el resto de América Latina. Allí, quizás, comienza toda nuestra tragedia.

            No es una simple casualidad que en la inmensa geografía musulmana no se concibe a la democracia al estilo occidental. Y esto no sólo se debe a que la represión de los gobernantes sea totalitaria sino porque el pueblo sencillamente no se plantea la democracia ni la libertad individual como una necesidad primaria, como un derecho adquirido por su naturaleza humana. El hombre islámico presupone que él no vino al mundo a atesorar una individualidad definida, donde él es un ser humano diferente a los demás y donde él es dueño absoluto de su destino, sino a formar parte del ejército de fieles de Alá, y donde el poder terrenal y el poder divino se integran en una misma trinchera. La vida en La Tierra es un mundo temporal para los fieles. Su verdadera felicidad eterna la encontrará en el cielo. Su estada "temporal" en la tierra tiene dos misiones: asumir un comportamiento ético y moral muy rígido para ganar el derecho de acceder al paraíso celestial, y, como segunda misión, luchar contra las infieles. Es el Yihad o guerra santa. Y, en muchos casos, es el fundamentalismo religioso llevado a su máxima expresión.

            Pues bien, esa guerra santa islámica fue la madre de las Cruzadas, la guerra santa de la Cristiandad (que no del cristianismo). Dicho de otra manera, el islamismo que permaneció en Europa durante 800 años transmutó al cristianismo, y su influencia marcó para siempre al catolicismo. Luego vino el choque interno de la iglesia cristiana. y se produjo la gran escisión de la Edad Media entre católicos y protestantes. Los protestantes irrumpen contra la postura del papado ante la generación de riqueza individual, y luego desarrollan su propios valores, impulsan la Sociedad de la Confianza, y se hacen ricos, mientras que la Cristiandad (movimiento político-religioso del catolicismo europeo de la Edad Media, que lideró La Inquisición, y que aportó el componente ideológico y cultural del proceso de conquista y colonización de América hispana) despliega una brutal guerra santa contra los infieles, persecución que traslada a América en su proceso de conquista y la hunde, junto a España, Italia y Portugal, y en parte a Francia, en la más profunda oscuridad durante varios siglos. Ante semejante atrocidad, el papa Juan Pablo II acaba de solicitar perdón a Dios y a La Humanidad por aquellos actos de La Inquisición. Hoy, por cierto, el mapa de la riqueza y de la pobreza en el mundo es casi el mismo desde la Edad Media.

            La sociedad de la confianza

            La democracia en cualquier lugar del planeta está acoplada sobre las bases de una armónica convivencia humana que permita a su vez crear riquezas individuales. Y la unión de todas esas riquezas individuales conformarán la riqueza colectiva que ha permitido a muchas sociedades llegar a satisfactorios niveles de desarrollo. Es la sociedad de la confianza de la que nos habla Alain Peyrefitte: "La sociedad de la confianza - nos dice - es una sociedad en expansión, ganador-ganador (si yo gano, tu ganas) ; es una sociedad de solidaridad, de proyecto común, de apertura, de intercambio y comunicación".

            Como comprenderemos, esta sociedad de la confianza no se estructura a partir de una leyes civiles o religiosas sino de unos principios y valores que se forjaron, en gran medida, al calor de la disidencia protestante contra la cristiandad inquisitorial que tanto daño hizo a la América hispana y al sur de Europa.

            Francis Fukuyama, en su obra The Trust ("La Confianza"), también sostiene que "...la correlación entre el capitalismo y el protestantismo es lo suficientemente fuerte como para que algunas personas se atrevan a afirmar que no existió ninguna relación. Además, queda claro que en su doctrina el catolicismo mantuvo, hasta los primeros decenios del siglo XX, una mayor hostilidad hacia el capitalismo moderno que las principales Iglesias protestantes."

            Y seréis pobres por los siglos de los siglos...

            Todo lo contrario ha ocurrido en América Latina. Aquí se ha estructurado la sociedad de la suspicacia, que - en definición de Peyrefitte - es "una sociedad transida de frío, ganador-perdedor: una sociedad en que la vida común es un juego de suma cero, incluso de suma negativa (si tu ganas, yo pierdo); es una sociedad proclive a la lucha de clases, al malvivir nacional e internacional, a la envidia social, al encierro, a la agresividad de la vigilancia recíproca".

            Sin duda, la brutal represión cultural desatada por la Cristiandad Inquisitorial fue conformando en los latinoamericanos y los europeos del sur los valores propensos a la sumisión, a la enajenación del hombre, pero también cultivó los valores de la suspicacia, de la desconfianza en las normas y leyes tanto religiosas como civiles. Se engendró una cultura dual y contradictoria, donde conviven agónicamente la democracia y el autoritarismo, la religiosidad y la herejía. Se es católico por herencia cultural pero no por convicción. Se va a la iglesia por temor más que por amor a Dios. Se aceptan los postulados de la iglesia pero no se acatan "como Dios manda". La rebeldía de los americanos conquistados por los soldados de la Cristiandad engendró híbridos mágico-religiosos, que danzan entre los ritos católicos y los ritos de la brujería afroamericana. Hasta el "español", como idioma, fue impregnado de rebeldes modismos y, en algunos casos, de trochas que acortan palabras, las deforman, y hasta se inventan nuevas. Aunque la verdad es que ésta ha sido la constante idiomática en todos los pueblos colonizados del mundo por españoles, ingleses, portugueses, franceses, etc. En los estados Unidos se repite el mismo fenómeno con el idioma inglés.

            Una vez más la historia nos enseña que la represión totalitaria, como las ejecutadas por la Inquisición, el comunismo, el fascismo, y el fundamentalismo religioso moderno, generalmente produce un rechazo de proyección histórica en los sometidos.

            Por eso es que los venezolanos, y los latinoamericanos en general, vivimos en la sociedad del recelo y la malicia eternos, por eso hablamos un español irregular y rezamos las oraciones católicas con un tabaco en la boca. Asimismo, somos reacios al estado de derecho, pero a la vez somos dóciles ante el poder, y es difícil concebir que es el pueblo quien manda y que los políticos son quienes deben obedecer a través de unas reglas de juego sagradas llamadas Estado de Derecho. En nuestro caso, el fenómeno es a la inversa: los políticos mandan, "mi decisión es una orden" ante la cual el pueblo debe obedecer, y las reglas de juego (léase las leyes, decretos, y ordenanzas) las impone el gobernante de turno a la medida de sus intereses particulares.

            En fin, nuestra individualidad ha sido absolutamente mediatizada y enajenada por el poder superior. Antes este poder superior estaba representado por la iglesia inquisitorial, represiva y alienante, hoy relevada por el estado civil y sus instituciones: los partidos políticos, los sindicatos, las fuerzas armadas, los parlamentos, etc.).

            Desde un presidente hasta el chofer del microbús

            De manera, que ante un individuo con una autoestima crónicamente deprimida, con un ininterrumpido y centenario proceso de enajenación, es muy difícil que prosperen la idea de la libertad y la conformación de un estado de derecho que se corresponda con unos valores democráticos que, como ya dijimos, son muy débiles en nuestra población. La libertad la utilizamos generalmente para sobreponernos a la libertad de los demás. Y finalmente opera una lógica perversa, donde todos nos damos por entendidos: cuando carecemos de poder, ciertamente adoptamos una postura sumisa, pero cuando somos poder, entonces somos autoritarios con los demás. Así opera una amplia gama de personas, desde el jefe del gobierno, pasando por el chofer del autobús, o de la gandola, y terminando en el marido machista que le pega a la mujer. El poder del primero es la fuerza armada y el erario público, el de los choferes es el vehículo más grande, y el del hombre es su fortaleza física. Todos son autoritarios en su comportamiento cotidiano y en el desempeño del mando. En el fondo, opera el mismo fenómeno para los tres: el manejo despótico del poder. Y esa es la filosofía y los valores del poder que impera en América Latina.

            Si convenimos en que el derecho individual se fundamenta en el reconocimiento y respeto de los derechos de los demás, entonces, cuando estamos ante un hombre enajenado en su estructura cultural, con una individualidad mediatizada, sin principios y valores sólidos ¿qué relevancia puede tener para él el derecho individual y ajeno? Peor aún, ¿qué importancia tienen los derechos del hombre en una sociedad cualquiera, si en fin de cuentas es el estado quien decide por el ciudadano?

            Estados Unidos ha tenido una sola Constitución desde su independencia, hace más de dos siglos, con las correspondientes enmiendas que exigía la modernización. La fortaleza de ésta, y su prolongación en el tiempo, radica en sus valores, en sus principios, en el honor, en la confianza mutua de sus ciudadanos, en una sociedad de hombres libres que no toleran el tutelaje de nadie, donde los gobernantes son empleados públicos, pagados con los impuestos de los ciudadanos, y cuya misión fundamental es lograr que esa sociedad de hombres libres funcione armónicamente para que todos puedan producir riquezas. Y la sumatoria de todas esas riquezas individuales conforma la gran riqueza nacional. Hoy son la primera potencia del mundo.

            Inglaterra, uno de los pueblos más democráticos del mundo, es la representación extrema de la sociedad de la confianza: allí no hay constitución nacional. La sociedad funciona sobre la base de sus valores y tradiciones, que son manejados con un gran sentido pragmático. La jurisprudencia y las libertades inglesas se han ido formando a partir de documentos como el de la Carta Magna que data de 1225 (hace casi ocho siglos). También cuentan con la Declaración de Derechos (1689). Y en una sociedad donde los valores democráticos son intrínsecos a la personalidad de los ciudadanos, entonces las leyes, las constituyentes y las constituciones son simplemente la formalidad jurídica que da forma, a posteriori, a la convicción colectiva preestablecida de querer vivir en democracia.

            Es por eso que, mientras algunas naciones poseen un sólido y único estado de derecho, con varios siglos de permanencia, Venezuela va por la constitución número veintiseis en menos de doscientos años ¿En qué se diferencian los casos? Sencillamente en que lo importante de una constitución, o de un estado de derecho no son el cuerpo de leyes sino la filosofía y los valores sociales compartidos implícitos en el texto constitucional. De manera que de nada sirve una hermosa y voluminosa constitución democrática y revolucionaria si quienes están llamados a cumplirla no creen ni viven cotidianamente en democracia. Ignorar esta pieza fundamental (la de los principios y valores de una sociedad) en todo proceso constituyente conduce a la repetición del cuento sin fin: se inventa una nueva Carta Magna, la violan, y luego se vuelve a inventar otra hasta la próxima violación. Y así se ha ido la vida de Venezuela durante casi dos siglos: inventando Constituciones "democráticas" hechas a la medida de cada gobernante de turno. Pero sigue siendo pobre y autoritaria.

            Las constituciones latinoamericanas se han inundado de letras y retórica sin alma. Y no puede ser de otra manera, porque América Latina siempre ha vivido en una contrariedad, en una paradójica vida política y ciudadana: redactan constituciones democráticas al estilo francés y norteamericano, pero las cumplen al estilo ugandés refinado. La viveza criolla, el comportamiento "caribe", la malicia autoritaria terminan imponiéndose. En fin, una letra sin alma es letra muerta.

                 

            POR QUÉ SON POBRES

            El reparto equitativo de la pobreza

            Vamos ahora a lo de la pobreza. Por siglos, los latinoamericanos han estado sentenciados a sujetar su realización personal al veredicto del poder supremo, que -repetimos- antes era el de la cristiandad, y luego fue reemplazado por el estado civil, pero con los mismos valores contradictorios de la sumisión-autoritarismo. Ha sido el signo mortal que ha marcado a los latinoamericanos y los ha condenado a la pobreza crónica. "Somos pobres porque así lo quiere Dios", dicen frecuentemente los resignados desposeídos. "Soy pobre pero honrado", dicen con orgullo católico. Es más, se nos dice con frecuencia que Dios acepta gozoso en su lecho celestial a los pobres y desprecia a los ricos. "Primero entra un camello por el hueco de una aguja que un rico al reino de los cielos", sentencia la Biblia. Por cierto, esta fue la interpretación bíblica que no compartió Calvino y que impulsó la rebelión protestante.

            De manera que ser pobre y mendigo, según nos enseñó la Cristiandad (y también el islamismo), es una bendición y casi un designio del Señor. La riqueza individual es pecaminosa. La verdadera riqueza no tiene un solo dueño sino que es colectiva. Pertenece a todos. Y cuando no es repartida equitativamente, entonces surgen los pobres. Es por eso que cuando existen muchos pobres se hace necesario enarbolar las banderas del Reparto Equitativo de la Riqueza, el concepto político más acabado de todos los populistas y propiciadores del proteccionismo en el mundo entero. Y son, por supuesto, el poder político religioso (primero) y el poder político laico (después) los encargados de distribuir equitativamente la riqueza. La riqueza es, para ellos, un valor colectivista (que no colectivo) y enajenado. Y si algún ser humano posee excedentes, es por que se lo usurpó a sus semejantes. De manera que la riqueza y la pobreza son hechos irrelevantes de la "vida temporal" del hombre en La Tierra, dando por sentado con lo trascendente es la "vida eterna" al lado del señor. Contra esta sentencia de la Cristiandad, muchos sacerdotes católicos han asumido una postura crítica, justo es decirlo. Pues bien, estos han sido los valores fundamentales que han regido a la economía fracasada de América Latina durante siglos.

            El proteccionismo (fórmula opuesta al trabajo creativo, intensivo, y a la productividad), y enlazada históricamente con la Cristiandad, ha echado raíces muy profundas en esta región.

            El petróleo de hoy, el oro y la plata del ayer

            Es impresionante la conexión histórica Latinoamérica-Sevilla. "El Siglo de Oro en España es el siglo del oro, o más bien de la plata del Potosí -señala Alain Peyrefitte; pero es también el siglo de una copiosa emisión monetaria, de una ostentación deslumbrante de riquezas ante las plazas financieras italianas y las ciudades del norte de Europa. A España le basta con esa demostración orgullosa, mientras al mismo tiempo frena el espíritu de empresa y la iniciativa, cuando no los veja."

            La política (los asuntos del estado) y la vanidad ocupaban el tiempo de los españoles. La economía era un ámbito secundario. Total, el metal precioso sobra y quema las manos españolas. Procedente de las minas americanas, estos metales transitan por España pero iban directo hacia los cofres de los banqueros extranjeros para cancelar la deuda que financiaba la empresa militar española.

            Las diferencias sociales se agudizan en la península. Los moriscos y marranos, es decir, el sector productivo, son perseguidos. En 1559 se prohibe a la juventud española estudiar en universidades extranjeras para impedir que ésta se corrompa con los hábitos del trabajo y las destrezas del comercio. El hidalgo, el caballero errante, enemigo del trabajo y de los molinos de viento es el paradigma del español, y se antepone al artesano y a los labradores. El trabajo era condenado por la Iglesia y el estado (que eran la misma cosa).

            Algunos moralistas, como Pablo de León, procuran rehabilitar el trabajo y la tierra. Pero saben que pugnan contra un prejuicio generalizado: "los labradores y los pastores, que suministran el pan y el vino y producen ovejas y otras cosas necesarias para la vida, son considerados por todos como hombres viles y despreciables", decía con desencanto.

            Cuando Velázquez (el pintor) -relata Peyrefitte-, en la cumbre de su gloria, fue postulado al hábito de la orden de Santiago, la más prestigiosa de la caballería militar, su amigo Zurbarán hace el elogio de su familia en los siguientes términos: "Los Velázquez jamás han practicado un oficio mecánico y vil... Nunca pudo decirse que hayan tenido tienda, como tantos otros pintores". En efecto, el consejo de las órdenes militares proscribía toda ocupación "baja" o manual: joyero, pintor si la pintura era necesaria para procurar el sustento, bordador, tallador de piedra, albañil, hospedero... Ciento cuarenta y ocho testigos desfilarán para atestiguar que Velázquez jamás recibió dinero por un cuadro.

            Finalmente, hasta los mismos artesanos terminan cediendo ante los paradigmas dominantes, tal como lo confirma Barthélemy Joly en su viaje a España (1603-1604): "Se sientan desdeñosamente cerca de sus tiendas a partir de dos o tres horas después de comer para pasearse con la espada al costado; si consiguen amasar doscientos o trescientos reales, se sienten nobles; después no necesitan hacer nada hasta que, una vez gastados, vuelven a trabajar y ganar para vestirse y enriquecer su apariencia externa. Tal acicalamiento lo denominan sustentar la honra" (la pinta o la fachada, decimos en Iberoamérica).

            La verdad es que la Inquisición penetró los espíritus de los españoles, los portugueses y los italianos. Llegó un momento en que ya la represión era innecesaria, "pues la inhibición cultural está profundamente implantada y es transmisible... Lo que se hunde en la obsolescencia en el siglo XVII no es la Inquisición sino la vitalidad española... La exclusión y la persecución son una opción social de España entera", sentencia Peyrefitte.

            Alain Peyrefitte nos informa de tres acontecimientos muy patéticos de la América Latina contemporánea:


              a.. Los días festivos. "El prestigio de un santo, su vinculación con tal o cual ciudad o provincia, su pertenencia a alguna orden religiosa influyente, eran ocasión de obtener del poder civil hacer festivo el día de su fiesta. No está claro si el pueblo cristiano lograba una mayor edificación, pero es seguro que el trabajo sufría. El número de días festivos se había multiplicado tanto que empezaron a oírse quejas. Estas se dirigieron a Roma, pues se necesitaba nada menos que la autoridad papal para despojar a los santos de sus derechos...En las postrimerías del siglo XVIII, el total de fiestas religiosas por año llegaba al menos a 170."

              b.. La ayuda alimentaria. "Se puede incluso afirmar que la Iglesia española mantiene la pobreza, en la doble acepción del término. Ama tanto a los pobres que los multiplica. Los socorre con ahínco, porque ejercen una función social y religiosa, al proporcionar al rico la ocasión de aplicarse a las buenas obras. Los asiste con tal eficacia que la pobreza se transforma en un estado bastante tolerable. Lo que denominamos ayuda alimentaria adquiere proporciones prodigiosas: 14 mil panes diarios distribuidos en Sevilla durante 1679; 3 mil libras de pan en Córdoba, que alimentan a veces hasta 7 mil personas. Se entiende la reacción de un visitante inglés, incluso admirador de la caridad eclesiástica: <¿Que estímulo a la industria podemos encontrar en este lugar? ¿Quién va a cavar un pozo cuando le traen agua de la fuente? ¿Tiene hambre? Los monasterios lo alimentarán. ¿Está enfermo? Un hospital está listo para recibirlo. ¿Tiene hijos? No necesita trabajar para educarlos: todos están bien provistos, sin que sea necesario preocuparse. ¿Es demasiado perezoso para procurar su sustento? Basta que se retire a un hospicio.>"

              c.. Los vagos conquistan América. "Los efectos de la sociedad de asistencia española son perversos. Hacen girar el círculo vicioso del no desarrollo... Sucede que el sistema español llega a un límite, como ocurrió en Extremadura. La pobreza era allí tan espantosa que ni siquiera la asistencia pudo aliviarla. Un 45% de pobres en Trujillo en 1557; un 42% en 1957 en Cáceres. Con ese nivel de miseria, la población comienza a emigrar. ¡Y qué emigrantes! Los Cortés, Pizarro, Paredes, Orellana, Núñez de Balboa, Pedro de Valdivia... eran todos originarios de Extremadura. No llevan consigo saber alguno, ni talentos económicos ni simplemente hábitos de trabajo. Sólo ansias de desquite; y para tomárselo no conocen otro sistema que el saqueo. En la conquista de los espacios americanos se evidencia la expresión de una gran vitalidad, pero en gran parte de signo negativo. Su carácter reactivo explica que la explotación del imperio español se asemeje más a la captura que a la empresa, a la fuerza que al esfuerzo, al pillaje que al desarrollo. A su vez, la emigración de estos hambrientos héroes extremeños hacia las Américas será el origen del relativo estancamiento político, económico, cultural y social del subcontinente americano."
            Estos valores traídos por las huestes españolas fueron complementados posteriormente con los valores de la población esclava africana que vino a América, muy marcados por los ritos mágico-religiosos, la brujería, y la danza como expresiones vitales del hombre. Todos estos valores (tanto españoles como africanos) han sido el caldo de cultivo, la principal fuente de suministro cultural de los políticos y caudillos tropicales. Así, líderes y pueblos se entienden perfectamente, en sinergia constante. Unos saben qué pedir y otros saber qué dar. Mientras más prometan protección, más líderes serán. Mientras más ofrezca libertad y desarrollo pleno de la individualidad (llamado despectivamente "capitalismo salvaje") más rechazo generará.

            El proteccionismo oficial, que garantiza el "reparto equitativo de la riqueza" (de una riqueza que nunca ha existido), es la base de una economía propensa a producir más pobres que ricos. Y al no haber riquezas que repartir, terminamos repartiendo pobreza y más pobreza por doquier.

            Inclusive, el "trabajo" ha sido reseñado en el cancionero popular como "un castigo de Dios", o una actividad a la cual estamos "obligados" para poder comer y proseguir en el jolgorio y la danza eternos. En muchos hogares faltará la leche pero jamás el equipo de sonido musical o el licor.

            La propensión al juego del azar, o la "ludomanía", es otro de los valores latinoamericanos que se acentúa cuando la crisis económica arrecia. Generalmente, la salida que encuentran a sus problemas económicos está supeditada a un golpe de suerte, o a un milagro de Dios, o a la mano protectora del político de turno. Pero casi nunca apelan al trabajo creativo, intensivo, y exitoso.

            Ese ha sido el estigma cultural en el que ha vivido Latinoamérica durante siglos. Es el origen del paternalismo estatal, y la principal fuente de alimentación del clientelismo electoral como fenómeno socio-político. Sin duda, las huellas del inquisidor Torquemada continúan frescas 500 años después.

            La misma cultura de la suspicacia, de la desconfianza, de la mentira, del aislamiento, del caudillismo como expresión patética del político latinoamericano, los ha conducido a la segregación del continente en decenas de repúblicas que conviven entre sí con la misma cicatriz de la desconfianza y en medio de contradictorios discursos unitarios, pero cuyo único lugar común es la pobreza. Esa fue la tragedia de Simón Bolívar, quien no pudo concretar la unión que sí pudieron hacerlo Washington, Jefferson, y Lincoln en los Estados Unidos de Norteamérica. Hoy podemos apreciar los resultados de los dos procesos históricos. En Norteamérica se discute cómo ser aún más ricos, mientras que en Latinoamérica todavía, 200 años después, se discute cómo dejar de ser pobres.

            EN RESUMEN

            Demócratas y ricos, la otra moneda

            No se concibe un estado de derecho democrático sin valores igualmente democráticos que lo sustenten. Pero tampoco hay democracia posible sin estado de derecho. Y, para rematar, no hay desarrollo sustentable, que genere riquezas, sin democracia.

            Y si lo queremos enlazar con un problema muy actual, no puede haber inversiones de capital, tanto nacional como extranjero, y generación de fuentes de trabajo si no existen reglas de juego claramente definidas y un estado de derecho sólido que garanticen las inversiones a largo plazo. La inestabilidad y la incertidumbre son contrarias a la generación de riquezas.

            La democracia, el estado de derecho, y el desarrollo pleno del hombre y la sociedad son inseparables, tanto como el corazón, las venas, y el oxigeno, y más que fenómenos políticos, administrativos, jurídicos o económicos, aquellos son fenómenos culturales.

            Es más, y para mayor tragedia de la mayoría de los países de América Latina, la economía moderna y postmoderna se asientan sobre un complejo mundo de conocimientos ¿Hemos medido lo que eso significa en un país con un elevadísimo número de analfabetas funcionales, más de lo que puede resistir una sociedad normal? ¿Sabemos lo que significa, además, que en ese país no exista una sólida cultura para la democracia, para la generación de riquezas, para el pago del tributo? Sin duda, cuando se crucen las líneas ascendentes de la pobreza con la ignorancia plena (ya falta poco) esto estallará en mil pedazos. La gente sencillamente no comprenderá por qué nunca más pudieron obtener un empleo estable, o por qué no volverán a obtener -en el caso de los venezolanos- el nivel de vida que tuvieron durante la era de la fantasía petrolera.

            Por eso insisto, la gran revolución latinoamericana se librará no en un congreso constituyente, o en las montañas guerrilleras, o en los cuarteles sino en las escuelas, en el hogar, y en los medios de comunicación social (las tres grandes instancias generadoras o modificadoras de cultura) a través de una revolución educativa, que siembre en ellos una cultura auténticamente democrática, una cultura para el trabajo y la riqueza, una cultura tributaria, y todos éstos basados en principios y valores morales. Sólo así, y dos décadas después, comenzaríamos a ver los primeros resultados de una nueva región. Eso es lo serio y lo trascendente. Y sólo entonces podríamos apostar por el éxito de América Latina. Lo demás es charada criolla y hojarasca tercermundista.

            Gobernante que no comprenda esto conducirá inevitablemente a su país a un sendero árido, en un tiempo perdido y estrecho ante los retos verdaderamente históricos. La opción es clara.